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Algunos sueños tardan más de lo que imaginábamos

Algunos sueños tardan más de lo que imaginábamos

Cuando empezamos un proyecto solemos imaginarnos una línea recta.

Tenemos una idea. Trabajamos duro. Las cosas empiezan a funcionar. Llegan los clientes. El negocio crece. Y poco a poco vamos acercándonos a esa vida que imaginamos cuando todo comenzó.

La realidad rara vez se parece a eso.

Cuanto más tiempo paso rodeada de emprendedores, más me doy cuenta de que la mayoría de los proyectos se construyen de una forma mucho menos elegante. Con avances y retrocesos. Con momentos de entusiasmo y otros de profunda incertidumbre. Con etapas en las que parece que todo fluye y otras en las que uno se pregunta si realmente merece la pena seguir adelante.

Durante los últimos años he tenido la oportunidad de entrevistar a profesionales de salud, estética y bienestar con trayectorias muy diferentes. Algunos dirigen clínicas consolidadas. Otros trabajan por cuenta propia. Algunos han conseguido crecer rápido. Otros han tardado años en llegar donde están hoy. Y, aunque cada historia es distinta, hay algo que se repite con una frecuencia sorprendente.

Ninguno de ellos llegó hasta aquí siguiendo una línea recta.

El problema no siempre es la falta de talento

Existe una idea bastante extendida de que los proyectos fracasan porque la idea era mala o porque la persona no estaba preparada. Sin embargo, los datos cuentan una historia mucho más compleja.

El Instituto Nacional de Estadística muestra que menos de la mitad de las empresas creadas en España siguen activas cinco años después. De las nacidas en 2018, únicamente el 41,9 % sobrevivía cinco años más tarde.

Cuando uno observa esa cifra por primera vez podría pensar que la mayoría de esos proyectos estaban destinados al fracaso desde el principio.

No estoy tan segura. Porque muchas veces el problema no es la falta de talento. Tampoco la falta de ganas. A menudo es la falta de recursos, de tiempo, de experiencia o simplemente de contexto.

He conocido profesionales extraordinarios que tuvieron que retrasar sus planes porque no contaban con la financiación necesaria. Otros porque todavía no habían encontrado el producto adecuado. Otros porque estaban aprendiendo a gestionar un negocio al mismo tiempo que intentaban hacerlo crecer.

Y hay algo profundamente humano en eso.

La parte que casi nadie publica en redes sociales

Vivimos rodeados de historias de éxito.

Vemos inauguraciones, nuevas clínicas, premios, expansiones y fotografías celebrando objetivos cumplidos. Lo que rara vez vemos son los años anteriores. Los meses en los que no había suficientes clientes. Las dudas. Los cambios de dirección. Las decisiones equivocadas. Los presupuestos que no cuadraban. Las noches preguntándose si todo aquello tenía sentido. Quizá por eso muchos emprendedores sienten que van tarde. Comparan su capítulo tres con el capítulo veinte de otra persona. Y terminan pensando que algo va mal. Sin embargo, después de escuchar tantas historias, he aprendido que los proyectos suelen tardar mucho más de lo que imaginábamos. Y eso no significa necesariamente que estén fracasando.

A veces el proyecto necesita tiempo. Otras veces eres tú quien lo necesita.

Esta es probablemente la reflexión más personal que me ha dejado el emprendimiento. Durante mucho tiempo pensé que estaba construyendo un proyecto. Hoy creo que la realidad era más compleja. Mientras intentaba construir ese proyecto, él también me estaba construyendo a mí. Me estaba enseñando paciencia. Me estaba obligando a tomar mejores decisiones. Me estaba enseñando a priorizar. A adaptarme. A pedir ayuda. A aceptar que algunas cosas no ocurren cuando yo quiero que ocurran. Muchas veces pensamos que un proyecto tarda porque falta dinero, porque faltan clientes o porque faltan recursos. Y a veces es cierto. Pero otras veces tarda porque nosotros todavía estamos aprendiendo a convertirnos en la persona capaz de sostenerlo.

Lo que he aprendido de los emprendedores que hemos entrevistado.

Si hay una lección que se repite una y otra vez en las conversaciones que hemos tenido con profesionales de salud, estética y bienestar, es que casi ninguno llegó exactamente donde pensaba llegar cuando empezó. Muchos cambiaron servicios. Otros modificaron su modelo de negocio. Algunos descubrieron oportunidades que no existían cuando comenzaron. Y prácticamente todos atravesaron momentos en los que pensaron en abandonar. Sin embargo, los que siguieron adelante compartían algo en común. No eran necesariamente los más rápidos. No eran necesariamente los que más recursos tenían. Simplemente siguieron avanzando. A veces despacio. A veces con miedo. A veces sin tener todas las respuestas. Pero avanzando.

Quizá no vas tan tarde como crees.

Los datos nos recuerdan que emprender nunca ha sido fácil. La financiación sigue siendo uno de los grandes obstáculos para muchos proyectos. La burocracia continúa apareciendo como una de las principales preocupaciones de los emprendedores españoles. Y la mortalidad empresarial durante los primeros años sigue siendo elevada. Pero los datos cuentan solo una parte de la historia. La otra parte la cuentan las personas. Y cuanto más hablo con emprendedores, más convencida estoy de que muchos proyectos no fracasan porque sean malos. Simplemente necesitan más tiempo del que imaginábamos. Quizá por eso deberíamos dejar de obsesionarnos tanto con la velocidad. Porque algunas cosas importantes tardan años en construirse. Los negocios. Las relaciones. Y muchas veces también nosotros mismos. A veces pensamos que estamos construyendo un proyecto.Y no nos damos cuenta de que el proyecto también nos está construyendo a nosotros.

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